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sábado, 14 de mayo de 2016

#Editorial de NNOO. Repensar el sentido del trabajo

 

Se cumplen 125 años de lo que se considera el inicio de la Doctrina Social de la Iglesia. El 15 de mayo de 1891 el papa León XIII publicaba la encíclica Rerum novarum, sobre la situación de los obreros. Su contexto era el de un liberalismo radical y una expansión industrial capitalista que degradaron hasta el extremo las condiciones laborales y de vida de las familias trabajadoras. En esa situación, el Papa hacía un planteamiento fundamental sobre el trabajo humano: «A nadie le está permitido violar impunemente la dignidad humana, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia; ni ponerle trabas en la marcha hacia su perfeccionamiento» (RN 30).

Un año antes, en 1890, tal y como se había decidido en el Congreso Internacional Socialista Obrero de París de julio de 1889, se convocó por primera vez la celebración internacional del 1º de Mayo, cuya reivindicación central era la jornada laboral de ocho horas. El éxito de las manifestaciones hizo que las organizaciones obreras decidieran dar continuidad a esta cita anual. Con el tiempo, el 1º de Mayo se convierte en un símbolo de la lucha y solidaridad de los trabajadores y las trabajadoras por el reconocimiento de su derecho a ser y a vivir dignamente. En la tradición obrera las «ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de formación», representaban «vuestro reingreso en la vida humana, la libertad de cumplir vuestros deberes hacia vosotros y hacia vuestra clase».

Si recordamos estos dos hechos es porque ambos apuntan hacia algo esencial que hay que subrayar: el trabajo es una necesidad radical del ser humano, vinculada a la dignidad de la persona; para ser y vivir es necesario un trabajo digno. Como dijo el papa Francisco en el Parlamento Europeo en noviembre de 2014, «es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo». De la mano de un neoliberalismo tan fundamentalista como el del siglo XIX, que cree poder violar impunemente la dignidad humana, y de una cultura profundamente individualista y consumista, hemos sucumbido a una «idolatría del dinero» que mata, en palabras del Papa, porque lo somete todo a la rentabilidad económica, convirtiéndolo en producto de «usar y tirar», incluidas las personas. Las cada vez más precarias condiciones de trabajo son una de sus consecuencias más devastadoras para las personas, las familias y la sociedad. El trabajo está sometido a una esclavitud economicista que lo degrada, degradando con ello nuestra humanidad.

Necesitamos liberar el trabajo de esa esclavitud, pero la respuesta no vendrá mágicamente de la mano del crecimiento económico; menos aún por el camino del empleo en las condiciones que sea. Solo encontraremos una respuesta humana si buscamos caminos para «devolver la dignidad al trabajo» y para un trabajo digno y con sentido humano. Para ello es imprescindible repensar en profundidad el sentido que damos al trabajo. No puede ser un instrumento para la rentabilidad económica al ser una necesidad de las personas para vivir dignamente, desarrollar su humanidad y construir una sociedad justa y solidaria. Por eso, el empeño social fundamental debería ser que «todos puedan poner sus capacidades al servicio de los demás» para «contribuir al desarrollo de las personas y de la sociedad» (ISP 32). Esto implica y exige empleo en condiciones dignas y que la economía esté al servicio del trabajo y no lo contrario. El trabajo es «una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal» (LS 128). El empeño para que el trabajo pueda ser «proyecto de humanización» es esencial para la vida digna de las personas y para una sociedad decente.

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